¿Cuarenta días… otra vez? El riesgo de un encuentro que lo cambia todo

¿Cuarenta días… otra vez?

1.574 palabras, 8 minutos de tiempo de lectura.

La escena se repite como un guion que ya conocemos de memoria. Miramos el calendario litúrgico y, casi sin darnos cuenta, soltamos un suspiro de resignación: “¿Otra vez? ¿Ya estamos aquí de nuevo?”. La Cuaresma llega como ese visitante anual que nos recuerda nuestras facturas pendientes con el espíritu. Y entonces, como cada año, empieza la gran negociación.

Nos convertimos en expertos contadores de sacrificios. Repasamos mentalmente nuestra lista de «pequeños vicios» y empezamos el regateo con Dios: “¿Dejaré de fumar este año? ¿Será que finalmente suelto el refresco, la cerveza o los dulces? ¿Y si mejor dejo de ver tantas series o apago el celular para no perder el tiempo en WhatsApp?”.

Pero luego, aparece la voz de la comodidad, esa que es experta en darnos excusas brillantes: “No, eso es demasiado radical, no voy a aguantar. Mejor tomo el café sin azúcar, o no como postre los miércoles”. Entramos en lo que podríamos llamar la “Ley del mínimo esfuerzo espiritual”, esa zona gris donde intentamos cumplir con el rito sin que nos duela la vida, esperando que, por arte de magia, esta vez el resultado sea distinto al de los años anteriores.

¿Por qué nos cuesta tanto? ¿Por qué sentimos que la Cuaresma es una carga pesada en lugar de una oportunidad? Quizás es porque hemos convertido este tiempo sagrado en una simple «dieta de la voluntad». Nos enfocamos tanto en el qué dejar, que olvidamos por completo el para qué.

Si dejas el chocolate solo por dejarlo, habrás fortalecido tu disciplina, pero ¿habrás sanado tu alma? Si dejas las redes sociales solo para demostrarte que puedes, habrás alimentado tu ego, pero ¿habrás escuchado a Dios en el silencio? El riesgo de la Cuaresma es que nos volvamos «atletas del ayuno» pero sigamos siendo «analfabetos del amor».

A menudo nos perdemos en el laberinto de las renuncias exteriores y nos olvidamos de la cirugía interior. Nos da miedo profundizar porque sabemos que, si rascamos un poquito la superficie, encontraremos a una persona perdida, sedienta y, a veces, muy asustada de su propia realidad. “¡Señor! ¿No te das cuenta de que estoy perdido?”, gritamos por dentro mientras intentamos decidir si es mejor dejar la televisión o las tortillas de harina.

En medio de nuestro caos de propósitos, fallos y dudas, surge una voz que no juzga, sino que invita. Es la voz de Jesús que sale a nuestro encuentro en el desierto de nuestra rutina diaria.

Él te mira con una ternura que desarma, conoce tus caídas del año pasado y tus miedos de este, y te dice al oído: “Hijo, hija… no necesito tus cosas. No necesito tus cigarros, ni tus bebidas, ni el azúcar de tu café. Todo eso son solo herramientas, medios para un fin; pero el fin soy YO y el medio eres TÚ”.

Es un mensaje que debería sacudir los cimientos de nuestra fe: Dios no busca lo que tienes en el bolsillo o en la despensa, Dios te busca a ti. Él necesita tus pies para que camines hacia ese vecino que nadie visita. Necesita tus manos para que seas Su caricia en un mundo que solo sabe golpear. Necesita tu libertad para que elijas el bien incluso cuando nadie te ve. Necesita tu memoria para recordarte las veces que te ha salvado, y tu voluntad para que, por fin, te atrevas a ser la mejor versión de ti mismo: un santo.

A veces vemos los cuarenta días como un castigo, una temporada gris de prohibiciones. Pero Jesús nos propone algo distinto: la Cuaresma como un proceso de sanación profunda. «Déjame sanarte» —nos pide—.

Este es el tiempo de entrar en la «quietud de la conciencia». Es ese lugar donde las máscaras se caen, donde no puedes mentirle a Dios ni puedes mentirte a ti mismo con excusas baratas. Es allí, en el silencio de tu alma, donde Él te está esperando con los brazos abiertos. Él no te espera sentado en un tribunal para reclamarte tus pecados o tus promesas rotas; te espera en un hospital de campaña para mostrarte Su perdón, vendar tus heridas y ofrecerte Su misericordia.

Él sabe que el camino es largo y que el sol del desierto quema. Sabe que habrá tardes en las que el ayuno te parecerá una tontería sin sentido y la oración te resultará un monólogo aburrido. Sabe que te vas a cansar, que el desánimo tocará tu puerta a la segunda semana y que probablemente sentirás que no vale la pena. Pero Su promesa es inquebrantable: “Estoy contigo, siempre contigo”.

Jesús ya recorrió este camino hace dos mil años. Él no habla desde la teoría. Él sabe lo que es tener el estómago vacío y la boca seca. Sabe lo que es sentir la soledad más absoluta y el peso de la tentación susurrando que hay caminos más anchos y fáciles. Pero en cada paso de su calvario, Él escuchaba una certeza en Su corazón: “Confía en Mi Padre”.

Esa es la invitación para ti hoy. Que estos cuarenta días no sean un «cambio cuaresmal» más, de esos que se olvidan en cuanto llega el Domingo de Resurrección.

  • Él quiere convertir tu cansancio acumulado en un nuevo aliento de vida.
  • Quiere transformar esa tristeza crónica en una alegría que no dependa de las circunstancias externas.
  • Quiere cambiar tu pecado, por más oscuro o repetitivo que sea, en un monumento a Su Gracia.
  • Quiere llenar tu soledad con la seguridad de Su compañía constante.

No nos quedemos solo en lo que «dejamos de comer». La Cuaresma también se trata de lo que «empezamos a dar». La verdadera limosna no es solo la moneda que sobra, sino el tiempo que nos falta. Es dar comprensión a quien nos desespera, es dar silencio ante una crítica injusta, es dar una palabra de esperanza en un grupo de WhatsApp lleno de quejas.

Jesús nos pide nuestra mente, nuestro corazón y nuestra alma. Nos pide que dejemos de ser espectadores de nuestra religión para convertirnos en protagonistas de nuestra fe.

Arriésgate a caminar con Él. No como alguien que observa una procesión desde la acera, sino como quien se toma de la mano de su mejor amigo para cruzar un valle oscuro. Sé valiente para aceptar el reto de mirar dentro de ti y decir: “Señor, aquí estoy, con mis manos vacías, mis dudas y mi pereza, pero con un deseo inmenso de no ser el mismo de siempre”.

Haz de este camino de la cruz algo profundamente personal. No es una historia vieja que pasó en Jerusalén; es tu historia de amor actual con el Creador. Es un camino que se recorre desde el centro del corazón, donde cada pequeño sacrificio, hecho con amor, tiene un eco que resuena en la eternidad.

¡Cuarenta días… sí, otra vez, pero esta vez serán diferentes!

No camines solo. Suframos juntos el desapego de nuestras seguridades falsas, muramos juntos a nuestras soberbias en la cruz de lo cotidiano, para que podamos resucitar con una fuerza que no es nuestra. Que el hambre que sientas en estos días te recuerde que nada en este mundo te va a llenar, porque solo Dios basta.

«Confía en Mí», nos repite Él. Caminemos juntos hacia la Luz de la Pascua. Este año, la meta no es simplemente «llegar» al final de la cuarentena, sino llegar transformados, renovados y encendidos por Su Amor infinito. Porque al final, Jesús no tiene hambre de tu ayuno… tiene hambre y sed de TI.

Al final, la Cuaresma no es una carrera de resistencia para ver quién aguanta más sin comer o sin fumar. Es una carrera de amor para ver quién se deja amar más por Dios. El verdadero riesgo no es fallar en nuestros propósitos, el verdadero riesgo es llegar a la Pascua siendo exactamente la misma persona que empezó el Miércoles de Ceniza.

No le tengas miedo al desierto. No le tengas miedo a tu propia fragilidad. Porque es precisamente en nuestra debilidad donde el Amor Infinito de Dios hace su mejor trabajo. Este año, que tu mayor sacrificio sea entregarle tu voluntad, y tu mayor ayuno sea el de la falta de esperanza. Caminemos, pues, no hacia una meta de prohibiciones, sino hacia una vida de resurrección.

Señor Jesús, hoy me detengo frente a Ti, cansado de mis propios intentos fallidos por ser «mejor». Reconozco que muchas veces he buscado cumplir con ritos externos mientras mi corazón seguía lejos de Ti.

En esta Cuaresma, no te ofrezco solo mis renuncias, te ofrezco mi vida entera. Toma mis pies para caminar hacia el necesitado, toma mis manos para servir con humildad, toma mi mente para pensar con caridad y, sobre todo, toma mi corazón para que sea solo tuyo.

No permitas que estos cuarenta días pasen en vano. Sáname, renuévame y enséñame a confiar en Tu Padre como Tú lo hiciste. Quiero morir a mi egoísmo para resucitar en Tu Luz. Porque entiendo que no quieres mis cosas, me quieres a mí. Y aquí estoy, Señor, para que hagas en mí según Tu voluntad.

Amén.

Scroll al inicio