El perdón de los pecados

El perdón de los pecados

Después de proclamar la comunión de los santos, el Credo nos conduce a una de las verdades más luminosas de la fe cristiana: el perdón de los pecados. Aquí tocamos el corazón mismo del Evangelio. Jesucristo vino al mundo precisamente para esto: para buscar al que estaba perdido, para sanar al herido y para reconciliar al pecador con el Padre.

Si Dios no perdonara, nuestra fe sería solo una ley imposible de cumplir. Pero el cristianismo es, ante todo, la noticia de un amor más grande que nuestras caídas. Decir “Creo en el perdón de los pecados” es confesar que ningún pecado es más grande que la misericordia de Dios.

El pecado no es solo romper una norma; es:

  • romper la amistad con Dios,
  • dañar al hermano,
  • herir nuestro propio corazón.

Por el pecado entran en el mundo:

  • la tristeza,
  • el egoísmo,
  • la división,
  • la muerte.

Todos necesitamos ser salvados.

El nombre mismo de Jesús significa “Dios salva”. Su misión fue clara:

“El Hijo del hombre ha venido a buscar
y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

En el Evangelio lo vemos:

  • perdonando a la mujer adúltera,
  • levantando a Zaqueo,
  • acogiendo al buen ladrón.

La cruz es el gran signo del perdón.

El perdón comienza en el Bautismo:

  • allí se borran todos los pecados,
  • nacemos a una vida nueva,
  • somos hechos hijos de Dios.

Es la puerta de la misericordia.

Cristo quiso que su perdón continuara en la Iglesia. Por eso dijo a los Apóstoles:

“A quienes les perdonen los pecados
les quedan perdonados” (Jn 20,23).

En la confesión:

  • Cristo mismo nos escucha,
  • sana nuestra conciencia,
  • nos devuelve la paz.

No es un juicio para humillar, sino un abrazo para levantar.

Para recibirlo se necesita:

  • arrepentimiento sincero,
  • propósito de cambiar,
  • confesión humilde,
  • reparación del daño.

Dios nunca niega su misericordia al que vuelve de corazón.

Quien ha sido perdonado está llamado a perdonar. Jesús nos enseñó a decir:

“Perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos” (Mt 6,12).

El perdón recibido se vuelve misión.

Creer en el perdón no es tomar el mal a la ligera. El pecado:

  • entristece al Espíritu Santo,
  • hiere a la Iglesia,
  • nos aleja de la verdadera felicidad.

La misericordia no es excusa para el mal, sino fuerza para cambiar.

Aunque alguien piense:

  • “lo mío no tiene remedio”,
  • “Dios no puede perdonarme”,

la fe responde: la sangre de Cristo es más poderosa que cualquier caída.

El que se deja perdonar:

  • recupera la paz,
  • vuelve a empezar,
  • mira el futuro con esperanza.

Como el hijo pródigo que volvió a casa.

Creer en el perdón de los pecados es:

  • confiar más en Dios que en nuestras culpas,
  • levantarnos después de caer,
  • ofrecer al mundo un rostro misericordioso.

La Iglesia existe para perdonar.

“Aunque sus pecados sean como la grana,
quedarán blancos como la nieve” (Is 1,18).

“Este es mi sangre derramada
para el perdón de los pecados” (Mt 26,28).

Señor Jesús,
creo en el perdón de los pecados.
Gracias porque tu misericordia
es más grande que mi miseria.

Dame un corazón arrepentido,
humilde para confesar,
fuerte para cambiar
y generoso para perdonar.

Que nunca desconfíe de tu amor
y que viva como testigo
de tu infinita misericordia.
Amén.

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