Creo en la santa Iglesia católica

CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

Después de haber profesado nuestra fe en el Padre Creador, en Jesucristo Redentor y en el Espíritu Santo Santificador, el Credo nos conduce ahora a contemplar el lugar donde ese misterio de salvación se hace cercano y visible: la Iglesia. No creemos en la Iglesia como creemos en Dios, pero sí creemos que en ella actúa Dios. La Iglesia es el gran regalo que Cristo dejó al mundo para que su presencia no quedara encerrada en el pasado, sino viva hasta el fin de los tiempos.

Decir “Creo en la santa Iglesia católica” es reconocer que la fe no se vive en soledad. Nadie se encuentra con Cristo de manera aislada: lo encontramos dentro de un pueblo, de una comunidad, de una familia espiritual que nos precede y nos sostiene. La Iglesia es como un hogar donde aprendemos a ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

La Iglesia brota del misterio pascual: de la muerte y resurrección del Señor. Los primeros cristianos contemplaron que del costado abierto de Jesús salieron sangre y agua, signos del Bautismo y de la Eucaristía. Allí vieron el nacimiento de la Iglesia.

Jesús no dejó solo ideas ni un libro; dejó una comunidad viva. Llamó discípulos, eligió a los Doce, instituyó los sacramentos y confió a Pedro la misión de confirmar a sus hermanos. Todo esto revela que Cristo quiso una Iglesia concreta, visible y continuadora de su obra.

Desde antiguo Dios quiso salvarnos formando un pueblo. Con Cristo nace el nuevo Pueblo de Dios, abierto a todas las naciones. A él se pertenece por la fe y el Bautismo.

En la Iglesia:

  • todos tenemos un mismo Padre,
  • todos somos hermanos,
  • todos estamos llamados a la santidad.

Por eso rezamos Padre nuestro y no “Padre mío”.

San Pablo enseña que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Cristo es la Cabeza y nosotros los miembros. Nadie sobra y nadie es insignificante. Lo que vive un hermano repercute en todos.

La Iglesia es también Templo del Espíritu Santo, que:

  • la guía hacia la verdad,
  • reparte carismas,
  • suscita vocaciones,
  • la mantiene joven a través de los siglos.

La Iglesia es santa por su origen y por los dones que posee:

  • la Palabra de Dios,
  • los sacramentos,
  • la presencia de Cristo.

Está formada por pecadores, pero es portadora de santidad. Los pecados de sus hijos oscurecen su rostro, pero no destruyen la obra de Dios en ella.

“Católica” significa universal. La Iglesia:

  • no pertenece a una raza ni a una cultura,
  • está abierta a todos,
  • lleva el Evangelio a cada rincón del mundo.

Desde Pentecostés habla todos los idiomas del corazón humano.

Porque está edificada sobre los Apóstoles y su fe. La misión que Cristo les confió continúa hoy en:

  • los obispos,
  • el Papa sucesor de Pedro,
  • el anuncio fiel del Evangelio.

Gracias a esta sucesión conservamos la misma fe de los primeros cristianos.

La Iglesia es Madre porque:

  • nos da a luz en el Bautismo,
  • nos alimenta con la Eucaristía,
  • nos levanta con el Perdón,
  • nos acompaña hasta la vida eterna.

Nadie se da la fe a sí mismo: la recibimos de esta Madre espiritual.

Tiene un rostro visible:

  • parroquias, pastores, sacramentos, comunidad.

Y un corazón invisible:

  • la gracia,
  • la comunión con los santos,
  • la acción del Espíritu.

Ambas dimensiones forman una sola Iglesia de Cristo.

A lo largo de la historia ha habido pecados y escándalos. También entre los Doce hubo debilidad. Sin embargo, Cristo prometió:

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Creer en la Iglesia es creer que Dios sigue actuando en ella a pesar de nuestra fragilidad.

Por el Bautismo estamos llamados a:

  • anunciar a Cristo,
  • servir a los pobres,
  • construir la unidad,
  • ser luz en el mundo.

La Iglesia crece cuando cada hijo vive el Evangelio.

“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).

“Somos un solo cuerpo en Cristo” (Rom 12,5).

Creo, Señor, en tu Iglesia santa y católica.
Gracias porque en ella te encuentro vivo
en la Palabra, en la Eucaristía
y en el amor de mis hermanos.

Enséñame a amarla como Madre,
a servirla con alegría
y a ser piedra viva de tu templo.

Que mi vida construya unidad
y anuncie al mundo tu Evangelio.
Amén.

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